3 comentarios en “Humildad de pitifuá. Vanidad. Falssssa Modestia. Mezquindad. El Hombre MEDIOCRE.

  1. Buenas,

    Se viene parrafada.

    Quien no tenga tiempo para leer, hago breve:

    … básicamente se quiere postular que la mediocridad, la vanidad, la excelencia en el mundo del negocio van por un lado (una única dirección, sentido del aumento siempre…), ahora bien, en el ocio, es otro cantar, no generalizable y aplicable necesariamente ad hoc.

    Luego se pone una anécdota en la que una cadena de producción se ordena naturalmente y el que menos sabe pasa a preguntarle (tomar como maestro) al que sabe medianamente; siendo que este le pregunta al que sabe. Y así el organismo nada en el mar de conocimiento. La vanidad para callar a tiempo, la mediocridad para no pisar y bloquear lo derrotado y confiar en su crecimiento.

    No se explica nada más, ¡ah! hay dos p.d.s, pero son cortas. No te las resumo.

    :-p

    Sobre esto de que mediocre y sabiendo arrastrarse uno llega a todas partes y en relación a lo que arriba se explica quisiera explicar una cierta anécdota que solamente se aplica en el negocio y, por tanto, en el ocio, no cabe.

    Pero antes, quisiera hacer una introducción. Cebarlo un poco.

    Existe, por parte de los chatos, una inquina o fobia contra todo intento de ascendencia, trascendencia o, mera, sobre el plano (esto es, el eje x cartesiano. Aquéllas dos son z e y, respectivamente) invocación del fastigio. ¿Verdad?

    Todos sabemos que los flujos y reflujos que se dan entre las relaciones humanas (hablo del negocio y no del ocio) son relaciones de poder. Correlaciones de fuerzas. ¿Verdad?

    Si me aceptaste las dos premisas anteriores, entonces:

    De la misma forma, para los ascendentes (término de Wilber que antepone a los descendentes) presenta inquina o fobia todo intento de aplastar el alma del mundo contra los fundamentos estrictamente químicos o físicos.

    Esto, si se me permite observarlo y describirlo (por ende, atento a la objetividad y no a la subjetividad), e cosí! Y, así cebado, entonces, voy a explicar la anécdota.

    Básicamente, hablo de una cadena de mando que madura y se colma en potencia a medida que los integrantes desarrollan sus propias potencias. La vanidad, la mediocridad, alzarse o extenderse serán fuerzas primordial en la acción y ni siempre vanidad ni siempre mediocridad, ser vanidoso o mediocre según la necesidad.

    En chato, la anécdota dice así:

    Pues bien, uno de mis inferiores estalla enfurecido porque no aguanta más y se ha tomado como personal el hecho de que mi tiempo para esa persona sea exclusivamente monosílabos o, a lo sumo, un triste y escueto hiperenlace.

    Además, reventando de envidia porque a un segundo inferior le dedico todo el tiempo que necesita y no me despido de sus preguntas hasta que él afirma que desea continuar solo.

    Naturalmente, el sujeto 2 acude al sujeto 1 y, poniéndole el brazo, le invita a venirse a la mar.

    Esto, sin metáfora, sucede porque, vanidoso, me mantengo envarado como una cariátide y no permito que el estallido emocial del sujeto 1 me derribe activándome las neuronas espejo y los chacras de empatía. Entonces, el segundo, en la situación, se levanta de su puesto y acude al del primero, arrastrando una silla mientras me mira y yo muestro plena y agradecida aquiescencia.,

    Lentamente al principio, pero de chapuzón a la que el sujeto dos tironea un poco de la mano del primero, alejándose y dejándole atrás, puedo afirmar, que, desde esta tarde (que sucedió la anécdota) existe, en este mundo (no revelaré qué gremio es pero aplica igual para cualquier otro), otro sujeto más que está nadando nuestro gran mar de conocimiento.

    En pocos minutos, hablan de lo importante y de lo esencial. El sujeto 2 le indica trucos y tips y le indica referencias. No queda nada de la disruptiva, de odio e impotencia.

    Ante mí, dos personas ardiendo en la pasión de nuestro gremio.

    Me siento orgulloso de ver a uno enseñando y al otro aprendiendo. Pero, ese orgullo no se debe a una valoración exitosa de mis actos. Sino debe a la pasión que ha embargado a estos dos sujetos y que, henchidos en albedo e hipéricos al máximo, están relampagueando en la oficina. Y, casualmente, causa del orgullo, yo estoy en su onda expansivo. ¡Ese orgullo!

    Ahora, con permiso de ellos dos, voy a seguir mirando los planos de la obra.

    Creo que en la esquina norte puede existir un fallo de seguridad. Más nos vale taponarlo antes de enviar la release el 7 de enero.

    La vanidad del sujeto enfurecido choca frontalmente con la humildad del segundo para, henchido en conocimiento, ocupar entre el primero y yo un puesto que le corresponde y cuya responsabilidad es vital para el buen funcionamiento del organismo productivo. Nadie se lo pide. No se le nombra cabo o se le dan galones de sargento. Ese esquema, al menos en las modernas técnicas Agile, quedó obsoleto. Lo que aquí se está diciendo no es que con Agile vas a lograr un equipo de élite. Lo que ahora se argumenta es que dado un equipo, haciendo Agile, lo llevarás a desarrollar sus potencias. Las cuales, en su máxima expresión, podrían no figurar en el escueto conjunto de la élite.

    Efectivamente, cualquier tiempo dedicado a un nesciente es inútil porque el nesciente únicamente puede abandonar su ignorancia lanzándose solo y sin manguitos al enorme mar de conocimiento que desde hace, al menos, cinco mil años, o, quizás, varias decenas de miles más, la humanidad ha ido amamantando. Por tanto, cuidados de la persona, del cuerpo, del entorno. Pero ni una gota de agua.

    Por contra, todo el tiempo que se comparta con el que tiene ciencia es tiempo de laboratorio, producción y estudio. Unas veces rentable e outras non. Aquí, amiguitos, debo decir que aunque parezca nebuloso, difuso y poco determinado, ¡casi como la web!, el mar es el que es. Es finito. Es determinado. Es el que es. En ese mar, quien tiene ciencia, tiene un sitio.

    Para el primer caso: individualismo. Soledad. Máximo afán de la mónada con su propia obra: auto-gobierno.

    Para el segundo caso: colectivismo. Mar de conocimiento compartido como sustrato. Quiero decir, copy-left ocopy-right, procomún o subasta al mejor postor, la información es poder. Tomándolo por la mano derecha o por la mano izquierda.

    Todas las preguntas que el primer sujeto me hacían eran excusas para expresar la misma idea: “¡Ui! ¡Qué fresca está el agua! ¿Puedo coger peces como vosotros sin mojarme el culo?”

    Ese tipo de preguntas van siempre enfocadas a marear la perdiz y a consumir cronófogamente un tiempo del que, generalmente, en producción, no se dispone.

    La única respuesta, da igual si con un sí o con uno, debe ser siempre la misma: ¡Al agua! Y, para transmitirla, basta un gesto. Todo lo demás, es impedir el avance de la obra y de su conocimiento.

    Mientras que el segundo sujeto está inmerso en este o aquél rincón del mar de conocimiento ocupado en trasvasarlo por medio de la acción a la realidad, este otro primer sujeto está cómodamente en la Matrix queriendo conservar las asistencias virtuales del sistema antes que lidiar con la sensación de ahogo y asfixia que a veces produce internarse en el conocimiento sin ser capaz de sacar al menos una o dos ramas en la realidad mediante la transformación del conocimiento en acción y, a la postre, en obra.

    Obras son amores, sí. Pero, no todos los amores son obras.

    Dicho esto, mi vanidad es un escudo para soportar la desidia del chato que quiere decirme cómo debo expresarme y, más importante, cómo debe ser el rasero, la norma, la constante, la vara de medir, a la hora de regular la profundidad o extensión o dimensión de mis palabras y mi discurso. Su ignorancia, queriendo apartar gran masa de conocimiento, choca frontalmente con la rebelión de las masas de Gasset y la idea de que en el colmo de la historia nuestras civilizaciones conviven con especializaciones que dan un punto altura a quien toca su especialización pero que completamente chato luego pasa el resto del día consumiendo los servicios de otros.

    Para finalizar, remarcar lo ya dicho. No sea que alguien, tras leer este laaargo comentario haya perdido el hilo:

    Ya que, frecuentemente, las preguntas del nesciente arrancan: “A ver si me lo puedes explicar sencillo que yo lo entienda… no pienso meterme por donde cubre, así que vente a la playa…“, mientras que las del segundo arrancan contándote tal o cual contexto, tratando de que antes de formular la pregunta puedas navegar ¡¡¡¡¡tele transportarte (aunque figuradamente)!!!!! al lugar de la mar donde él está laburando y dónde necesita que alguien le revele claves que necesita y por sí mismo no puede obtener.

    Esto es, en el primer caso la pregunta es: “Salte del agua. Ven aquí, que te quiero ver un rato. ¿Me traes peces?“. En el segundo: “Estoy navegando en tales coordenadas, allí sucede que… entonces quisiera saber que…

    Etcétera, ¿verdad?

    Mano dura y guante de hierro para el nesciente: ¡al agua!

    Mano blanda y guante de plumas para el que tiene ciencia: ¡encuentra!

    De igual modo, odio cuando arriba de la cadena hacen sonar el látigo, odio cuando quieren robarme mis horas de ocio. Pero, no voy por ahí. Aunque, en verdad, es la causa de que no pueda dedicar tiempo a la enseñanza.

    Pero bueno, en conclusión, ¿vanidad, mediocridad? Es decir: chatos y ascendentes, el humano es la medida de todas las cosas. Y no: el humano chato es la medida; y no: el ascedente es la medida. El humano.

    Y: la humana.

    Y los que se designan así mismos sin género.

    ¿Está mal repartirse el tiempo de uno en negocio y ocio?

    Hablemos de mineralismo, digo, de neoliberalismo.

    Nada más. Gracias por animar a los comentarios. Da gusto escribir en este rincón de la mar (¡¡sin trols!).

    Abrazos.

    Gallardo.

    Navidad, 2018, Sevilla.

    P.D.: El papanatas que “no hace falta” que te pide que te vayas a las misiones tiene razón en lo de abandonar el rol de enfermo y pasar a rol en equilibrio de lo sano. Pero en lo otro, ni puta gracia que me hace. ¡Mierda de vanidosos! Nosce, yo, ante esos, lo más cínico posible: “Apártese, por favor, caballero. Me impide recibir al Sol.” Tan necesario es un escritor como un doctor. Cada uno ocupa una parte imprescindible. ¡Ni todos escritores ni todos doctores!

    P.D: Estos, son de mi quinta (con el Irracional yo tenía 16). Todavía no he escuchado el disco. Acabo de bajarlo, para la pre-escucha: 😀

    En 3, 2, 1… voy a hacer la primera escucha. ¡¡Berlín!! Del tirón, con auriculares de 500 pavos. Y, mientras, navegaré por este blog, distraídamente, un rato. Qué mejor para la tarde de un lunes de finales de diciembre en el hemisferio norte. Show must go on!

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