Magos a la Obra.

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“No dije nada. Me levanté, salí a la calle y me dejé empapar por el diluvio. Regresé chorreando agua y me senté a meditar como si nada hubiera pasado. Ejo exhaló un murmullo de aprobación, indicando así que aceptaba mi presencia durante las setenta y dos horas que nos quedaban para terminar el rôhatsu.

Debido a la falta de sueño y a la fatiga, mi cerebro funcionaba como si estuviese bajo los efectos de una fuerte dosis de droga. La rapidez de mis pensamientos tenían la energía del delirio. Apenas el maestro me propuso el koan, lo comprendí de la misma manera que un explorador que ha marchado entre las altas rocas de un valle lo ve desde las alturas, cuando es raptado por un cóndor. Fui al mismo tiempo Kyosho, el obtuso monje que responde e interroga, y por último el discípulo comprensivo que imita el sonido de la lluvia para resolver el koan. Cuando el maestro pregunta «¿Qué es ese ruido de ahí afuera?» tiende una trampa al monje. Y éste cae en ella al responder «El sonido de la lluvia». Comprendí que no había «afuera» ni «adentro», que Kyosho, al estar iluminado, es decir, en plena realidad, sabía que el monasterio donde meditaban no estaba separado del mundo, siendo el universo entero una unidad. El monje que medita se siente protegido en los límites de un lugar sagrado. Para él, las diez mil cosas del mundo están separadas. «Afuera» está el ruido «de la lluvia». Para el maestro, ahí mismo llega el ruido del mundo entero, mundo que se prolonga en el infinito y eterno cosmos. Tratando de indicarle esto, le habla de la gente, de los millones de seres que han olvidado la búsqueda espiritual, y le indica que ellos dos están meditando en medio del mundanal ruido. Por eso omite hacer comentarios sobre la lluvia, y de una manera que parece absurda responde «La gente vive en un gran desorden, se ciega a sí misma persiguiendo los placeres materiales».

¿Cómo no iba yo a comprender esta frase si la acababa de verificar en mi visita a Los Globos? Había creído escaparme de ese frívolo cabaret, creyendo que sumido en el zendô junto a Ejo me separaba de los placeres materiales… Pero Kyosho me revelaba que nadie se escapa de nada. Estábamos en la realidad, desplegando la consciencia en un océano de espíritus dormidos, convirtiéndonos en los ojos de un mundo ciego.

Cuando el monje le pregunta «¿Y usted?, maestro» demuestra que aún no comprende. Vuelve a dividir: por un lado, el mundo materialista; por otro, el maestro, aquel que se ha liberado del deseo. Kyosho, con toda paciencia, explica: «Puedo casi comprenderme a mí mismo perfectamente». ¿A quién se refiere con este «mí mismo»? ¿A una limitada individualidad? De ninguna manera. Al decir «mí mismo» se refiere a toda la humanidad, al universo entero y a aquello que da vida al universo. Al decir «casi» afirma que para el ser humano, por ser un punto de vista, obligatoriamente subjetivo, no hay perfección. La perfección sólo puede ser divina. El ser humano y también la materia, permanente impermanencia, pueden sólo acercarse a la perfección. El monje, cabezota, vuelve a la carga, tratando de captarlo todo a través del intelecto, de las palabras, en lugar de sentir… «¿Qué significa comprenderse perfectamente a uno mismo?» Precisamente comprenderse a uno mismo significa sentirse más allá de las palabras, dejándose caer en el abismo de lo impensable.

Kyosho da el espadazo final: «Estar iluminado es fácil. Explicarlo con palabras, difícil». El «Tiiit… Tiiit…» del buen discípulo imitando la lluvia indica que la iluminación, fuera del calabozo intelectual, es un fenómeno natural al que hay que entregarse para que nos empape hasta llegar al corazón.
Continuamos el rôhatsu. La temperatura de mi cuerpo, al cabo de dos horas de concentración, comenzó a aumentar. Mi ropaje, despidiendo un aura de vapor, se fue secando. Con tenaz voluntad traté de impedir que las palabras distrajeran mi mente.

Cada vez que estaba a punto de lograrlo, una tonta confirmación: «Estoy a punto de lograrlo», me hacía fracasar. Elegí una palabra cualquiera, absurda para esos momentos: «guarisapo», y comencé a repetirla mentalmente, una y otra vez, durante un tiempo que se me hizo eterno. Ese vocablo impidió que cualquier otra palabra me invadiera. A las doce de la noche, me dormí repitiéndolo. Y durante los cuarenta minutos de sueño continué aferrándome al «guarisapo» como si fuera una tabla de salvación.

Cuando Ejo me despertó, sin esperar a que me sacudiera, me puse de rodillas, crucé mis manos, estiré mi columna vertebral, levanté levemente las comisuras de mis labios y desintegré la palabra «guarisapo», para quedarme por fin con la mente vacía.

Fue un momento de paz absoluta, pero por desgracia muy corto. Apenas dejé de emitir pensamientos, mi corazón ocupó el hueco mental con sus latidos. Sentí un tambor resonar en mi pecho, como una lenta inundación comenzaron a latir mis sienes, las yemas de mis dedos, mi sexo, mis pantorrillas, mis encías, mi lengua, mis pies. Todo era invadido por ese reverberante ritmo. Al final no había una sola parte de mi cuerpo que no resonara… Luego se sumó el continuo deslizar de un río: mi sangre circulando. Después se agregó el aire, canturreando desde mis fosas nasales hasta mis pulmones y de mis pulmones a mis fosas. Y por último, el hervidero incesante de mi aparato digestivo. No sé qué me pasó, quizás fue una alucinación auditiva, el hecho es que, además de mis ruidos corporales, comencé a sentir que todo lo que me rodeaba estaba dotado de sonido.

Vibraban las maderas del suelo, el techo, las paredes, los cojines e incluso la ropa; los diferentes tonos y ritmos se unían formando un coro semejante al de una colmena. La sensación se extendió al exterior, me pareció oír la música de la ciudad, de la tierra, del aire, del cielo. Fue tan colosal mi impresión que comencé a temblar, a punto de desmayarme.

Entonces Ejo me gritó:

–¡No te dejes caer! ¡Repite conmigo las cuatro grandes promesas!

«A todos los seres conscientes, aunque innumerables…»
–A todos los seres conscientes, aunque innumerables…
–«…prometo salvar. A todas las pasiones, aunque inextinguibles, prometo apagar. Todos los dharmas…»
–Ejo, ¿qué son los dharmas?
–¡Calla y repite aunque no entiendas! «Todos los dharmas, aunque infinitos, prometo cumplir. Toda la verdad, aunque inconmensurable, prometo alcanzar…»

Repetí todo lo que él decía. Ejo iba recitando las promesas cada vez con mayor intensidad. A pesar de que yo hacía lo mismo, no cesaba de gritarme:

–¡Dilo más fuerte!
Terminé gritando a voz en cuello. Pero él siguió insistiendo.
–¡Más fuerte! ¡Más!

Sentí que las cuerdas vocales me iban a estallar. Mis aullidos parecieron vómitos. Continuó exigiéndome más volumen. Me desesperé. Vociferando enloquecido, presa de un ataque de rabia, le arrojé mi zafu [cojín para meditar] contra su pecho. Ejo no se movió ni se inmutó. Siguió repitiendo las promesas y exigiéndome que las repitiera más alto. Viendo rojo, me lancé hacia él con la intención de arrojarlo al suelo. No sé si fue otra alucinación o si la fatiga me había debilitado, el hecho es que, a pesar de empujarlo con todas mis fuerzas, no pude moverlo ni un milímetro. Parecía una estatua, de una tonelada de peso, soldada al suelo. Por más que retrocedí y volví a arrojarme contra él varias veces, resistió mis embates impertérrito. Lancé un último grito, tan fuerte que parte del estuco de una pared cayó. Luego me desplomé, vacío.

Ejo cesó de recitar. Con un palillo de madera golpeó una campanilla.

–¡Por fin! No has gritado sólo con la mitad de tu cerebro, has empleado los dos hemisferios y todas tus vísceras. ¡Eso es resolver un koan! Son las doce de la noche. Ha terminado el rôhatsu. Puedes dormir hasta mañana.

Como una pluma transparente, me dejé caer en el abismo. Cuando desperté, los rayos del sol se deslizaban por la ventana. Entró Michiko para traerme una taza de café y unos panecillos. Sonriente, en un español rudimentario, me dijo:

–Dormido catorce horas. Bajar usted tomar desayuno. Ejo esperarlo. Ven Oaxaca.

Fuente: El Maestro y las Magas, Alejandro Jodorowsky

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