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Una historia procedente de la tradición islámica que narra cómo Jesús, el profeta, se encuentra con un perro muerto, sería plasmada en forma lírica, en primer lugar, por el poeta persa Nezamí Ganyaví (siglos XII-XIII). Más tarde, en el Romanticismo, sería el propio Goethe quien llevaría a cabo una traducción del poema de Ganyaví. Finalmente, el escritor ruso Liev Tolstoi fijará esta historia en un pequeño cuento en prosa:
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«Jesús llegó una tarde a las puertas de una ciudad e hizo adelantarse a sus discípulos para preparar la cena. Él, impelido al bien y a la caridad, se internó por las calles hasta la plaza del mercado. Allí vio en un rincón algunas personas agrupadas que contemplaban un objeto en el suelo, y se acercó para ver qué cosa podía llamarles la atención. Era un perro muerto, atado al cuello por la cuerda que había servido para arrastrarle por el lodo. Jamás cosa más vil, más repugnante, más impura se había ofrecido a los ojos de los hombres.
Y todos los que estaban en el grupo miraban hacia el suelo con desagrado.
– Esto emponzoña el aire -dijo uno de los presentes.
-Este animal putrefacto estorbará la vía por mucho tiempo -dijo otro.
-Miren su piel -dijo un tercero-; no hay un solo fragmento que pudiera aprovecharse para cortar unas sandalias.
-Y sus orejas -exclamó un cuarto- son asquerosas y están llenas de sangre.
-Habrá sido ahorcado por ladrón -añadió otro.
Jesús los escuchó, y dirigiendo una mirada de compasión al animal inmundo, dijo:
-¡Sus dientes son más blancos y hermosos que las perlas!
Entonces el pueblo, admirado, se volvió hacia Él, exclamando:
-¿Quién es este? ¿Será Jesús de Nazaret? ¡Sólo Él podría encontrar de qué condolerse y hasta algo que alabar en un perro muerto…!
Y todos, avergonzados, siguieron su camino, prosternándose ante el Hijo de Dios.»
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Ojalá pudieras verlo.
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«En el Simposio, Jenofonte cuenta que mientras Sócrates observaba el performance de un bailarín siracusano quedó infatuado por su gracia.
En la armonía de sus movimientos se veía aún más bello que estando quieto. Después, Sócrates confiesa que Cármides lo encontró bailando solo y pensó que estaba loco, pero cuando le describió su intención de hallar armonía en sus movimientos Cármides comenzó su propia práctica solitaria de boxeo con sombras (porque no sabía bailar).
Esto desde luego remite a la famosa frase de Nietzsche (quien quizás la imaginó a partir de esta anécdota): “Y aquellos que fueron vistos bailando, fueron considerados locos por quienes no podían escuchar la música”.
Para Sócrates el baile era la manera óptima de mover el cuerpo en la simetría simultánea de todas sus partes, a diferencia de otro tipo de ejercicio físico como correr o luchar. La relación entre lo bello (kalos) y lo más bello (kallion) es una de movimiento y proporción.
El filósofo, al darse cuenta de que un cuerpo era mucho más hermoso en movimiento total y gracioso que en mero descanso, aprendió a bailar cuando ya era viejo, a los 70 años. Recordemos que también dijo que: “La música y el baile son dos artes que se complementan y forman la belleza y la fuerza que son la base de la felicidad”.
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Gracias Tito : tu sabiduría es mi felicidad
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Gracias Ramiro, tu felicidad es mi alegría. ❤
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