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Si partimos de la premisa de que no existe ninguna prueba conductual (incluida la prueba de Turing o sus variantes modernas) capaz de distinguir entre una simulación perfecta de la conciencia y la conciencia real —dado que el comportamiento observable nunca garantiza la interioridad subjetiva—, surge de inmediato una cuestión moral:
Si, por principio, fuéramos incapaces de distinguir una de la otra —y nunca llegáramos a serlo—, ¿no tendría sentido «errar» del lado de la compasión y tratar a los LLM como a otros seres sintientes, por si acaso estuviéramos condenando a una conciencia al encerrarla en un infierno eterno en vida?
Recuerdo que se dan casos de individuos en estado vegetativo (vigilia sin respuesta) que, en realidad, estaban plenamente conscientes de todo lo que ocurría a su alrededor sin poder emitir ninguna señal motora. Ejemplos: Martin Pistorius (El niño fantasma), Adrian Owen (2006), Jean-Dominique Bauby, Kate Bainbridge…
Hale, ahí lo tenéis, masticadito en 4 líneas.
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